Contener la situación

La mañana del 19 se reúnen algunos de los militares conspiradores que no han podido sublevarse en Huelva capital y reconocen la locura de declarar el Estado de Guerra ante el despliegue de gente activado en la calle gracias a la rápida reacción de las autoridades. Deciden atrincherarse en el cuartel de la Guardia Civil de San José por si el panorama empeora para ellos. En el Gobierno Civil, Jiménez Castellano se afana desde la tarde del sábado 18 en contener la situación y evitar altercados por las calles. Detiene a elementos de la extrema derecha y también a extremistas de izquierda que causan graves problemas de orden público. Al margen de las autoridades republicanas, a partir del día 20 éstos provocan incendios de conventos e iglesias y saquean casas particulares. También corre la sangre esos días. Entre el 18 y el 23 de julio son asesinadas en la calle seis personas de derecha. Los culpables, que son rápidamente detenidos, serán luego fusilados tras la ocupación de la capital por el ejército rebelde.

Pero a pesar de todo la situación en general permanece bajo el control de las autoridades civiles de Huelva. El orden público constituye su auténtica obsesión. Prueba de ello son los telegramas que se envían a pueblos de la provincia donde se ordena mantener la serenidad. En uno de ellos se dice que quien “atente contra personas o cosas, o siembre la inquietud, es un enemigo de la República, es un traidor… Por la República y contra el fascismo, serenidad, orden y sensatez”. Los firmantes son el gobernador civil, el alcalde y el presidente de la diputación de Huelva, así como los diputados Cordero Bel y Gutiérrez Prieto.

El mismo 20 de julio se produce un nuevo intento por parte de las autoridades onubenses del Frente Popular de organizar una segunda columna para enfrentarse a los sublevados en Sevilla. Se acuerda la dotación de un capitán con 85 soldados de Infantería que viajarán esta noche en tren, acompañados de 90 milicianos voluntarios al mando del dirigente socialista Antonio Cabezas. En el apeadero de San Juan del Puerto se une a la columna un nutrido contingente de obreros de la cuenca minera, pero la falta de armamento suficiente para toda la milicia les hace desistir. En La Palma del Condado deciden volver hacia Huelva. La masacre de La Pañoleta está en la mente de todos.

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