Proceder en consecuencia. Alfonso Morón de la Corte

El periodista, escritor y cónsul honorario de México Alfonso Morón de la Corte fue una de las primeras víctimas de las redadas efectuadas en Huelva contra la masonería.

El periodista, escritor y cónsul honorario de México Alfonso Morón de la Corte fue una de las primeras víctimas de las redadas efectuadas en Huelva contra la masonería.

“Teniendo noticias de que en esa División radican los ficheros correspondientes a la masonería de Andalucía y con el fin de venir en conocimiento de los que puedan pertenecer a esta provincia y poder proceder en consecuencia, me permito acudir a V.E. en súplica de que si lo estima conveniente me sean remitidos todos los antecedentes pertenecientes al personal de esta provincia que pertenecían y tenían su ficha como masón”. Quien firmó esta solicitud el 25 de septiembre de 1936, el entonces Gobernador Militar de Huelva Gregorio Haro Lumbreras, recibe desde el cuartel general de Queipo de Llano los listados requeridos dos semanas después, según refiere Francisco Espinosa en La guerra civil en Huelva. Inmediatamente organiza la primera gran redada efectuada en Huelva contra los masones, pero antes de eso ya ha mandado eliminar a dieciséis de ellos. El concejal socialista Pedro de los Reyes Durán, masón de la logia onubense Francisco Esteva, escribe sobre esa cacería en una carta fechada en Barcelona el 30 de diciembre, donde asegura que hay masones que “sólo por serlo, han sido fusilados sin formación de causa y hasta en su propio domicilio, sin que por parte de ellos haya habido resistencia”.

Uno de los asesinados antes de que llegara aquel listado con los nombres de los masones de Huelva fue Alfonso Morón de la Corte. Apenas cinco días después de que Gregorio Haro pidiera información a Sevilla, el 30 de septiembre de 1936 fue ejecutado ante las tapias del cementerio municipal de Huelva. Dos notas dan la idea de la matanza que se estaba cometiendo en la ciudad desde que fuera ocupada por los sublevados el 29 de julio. Hacia primeros de septiembre el cónsul portugués Melo Barreto había informado al gobierno luso de que los fusilados en la provincia de Huelva “suman ya 2.500”. Semanas después, en la prensa onubense se publica una “nota de la Alcaldía” que decía literalmente lo siguiente:

De orden del señor alcalde, queda terminantemente prohibido el acceso al cementerio católico de la ciudad, durante los días de Todos los Santos y Fieles Difuntos, por razones de higiene pública.

Nacido 56 años antes en Huelva capital, Alfonso Morón fue desde su juventud una persona culta y comprometida, participante de la vida pública de la ciudad. “No conozco nada de su infancia –relata su nieta Concha Morón Hernández– y, de su juventud han quedado documentos que me acercan a una persona activa, inquieta, comprometida con las causas sociales y con el progreso. Mis padres me transmitieron que era una persona muy querida en Huelva”. Allí se casó con Rocío Bellerín, de La Palma del Condado, y tuvo cinco hijos: Alfonso, Concha, Manuel, Adolfo y Matilde.

Periodista y escritor, Cónsul Honorario de México en Huelva desde 1927, fue funcionario del ayuntamiento onubense, donde trabajó como Oficial Mayor de Intervención durante casi 25 años. Fue cesado el 18 de agosto del 36, cuando empezaron a efectuarse las purgas en las instituciones. Republicano de convicción, tuvo una gran participación política primero en el Partido Republicano Radical y, tras su escisión en 1934, en la Unión Republicana fundada por su gran amigo Diego Martínez Barrio, quien sería el presidente de la República en el exilio. Su notorio activismo le lleva a ser presidente provincial de la Liga de los Derechos del Hombre y cabeza visible de la Unión Republicana en la provincia de Huelva de cara a las elecciones de febrero de 1936, las que ganaría el Frente Popular. De esa época su nieta Concha conserva una carta en la que su abuelo Alfonso pide instrucciones a Martínez Barrio sobre la organización del partido dentro de la coalición. “Va a constituirse el comité del Frente Popular y como nosotros no estamos constituidos oficialmente, la representación de Unión Republicana en ese organismo la tendrá que ostentar el comité ejecutivo elegido, quedando nosotros en una situación desairada”, escribió el 8 de junio de 1936 Morón de la Corte a Martínez Barrio.

El “abrazo de tu buen amigo que te quiere” con que acababa aquella carta certifica el grado de amistad que le unía al ilustre sevillano. Uno de los lazos que estrechaba aquella amistad sin duda fue el vínculo que ambos compartían por ser miembros destacados de la masonería andaluza, filiación que sin duda fue una de las razones principales del asesinato de Alfonso Morón de la Corte, aparte de su significación política y su militancia como librepensador de tendencia progresista. Su ingreso en la masonería onubense se materializó en 1917, a sus 37 años, al entrar a formar parte de la logia Isis y Osiris 377. Posteriormente pasa por la logia Soto Vázquez y funda la logia Minerva, de la que en numerosas ocasiones es Venerable Maestro y cuya representación antes las Asambleas de la Regional del Mediodía ostenta entre 1924 y 1931.

Es la época del apogeo masónico vivido durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, y, de hecho es detenido entonces (1925) en Ayamonte, junto a su “buen amigo” Martínez Barrio y otros destacados masones de la provincia. Morón de la Corte perteneció al Grande Oriente Español y fue nombrado en Huelva delegado del Gran Maestre, con el grado 30, aquel 1925. Su nombre simbólico fue el de Saint-Just, en homenaje al revolucionario jacobino francés, lo que significativamente ilustra sus ideas en defensa del progreso y de los socialmente más desfavorecidos.

Para la España reaccionaria que apoyó el golpe del ejército sublevado, y para los propios militares en rebelión, la masonería constituyó una especie de chivo expiatorio al que se culpó de todos los males de la nación. Masón sería, desde el principio de la sublevación, todo aquel que no era considerado afecto al llamado Glorioso Movimiento Nacional. No se tuvo en cuenta que la masonería, en realidad minoritaria, no fue un poder fáctico como creyeron sus verdugos, y ni siquiera un granero de políticos de izquierda, ya que, como dice Francisco Espinosa, “ni todos los que profesaban ciertas ideas de carácter progresista eran masones ni todos los masones profesaban las mismas ideas”. Hubo incluso masones que políticamente fueron republicanos de derechas (del Partido Republicano Radical), contrarios al Frente Popular. En cualquier caso, para la ultraderecha y para la iglesia católica, la masonería representaba un lobby de influencias con capacidad de exponer y desarrollar libremente sus ideas, un privilegio que sólo ellos –así pensaba la España tradicional– podían disfrutar y que no estaban dispuestos a seguir permitiendo a los republicanos.

Esta fue la mentalidad de quienes, tras el golpe militar, comenzaron a saquear domicilios particulares de izquierdistas y masones así como las sedes de sindicatos, partidos y logias, con el objetivo de incautar toda clase de documentación, la base informativa para comenzar la tarea de limpieza. “Se tuvo especial cuidado –apunta Espinosa– en eliminar a los iniciadores de las corrientes de izquierda o, en general, de tendencias progresistas”. Alfonso Morón de la Corte no tuvo escapatoria posible en aquel holocausto que dirigió en Huelva Gregorio Haro Lumbreras al “proceder en consecuencia”, tal y como había escrito a Queipo de Llano en su solicitud de listados de masones onubenses. “Tardan dos meses y doce días en matarlo después de la sublevación”, relata su nieta Concha Morón, quien hoy ha recuperado documentación diversa sobre su abuelo que se conservaba en el Archivo de Salamanca, entre ellas el expediente masónico, el sumario abierto en 1942 para justificar el fusilamiento y la correspondencia con Martínez Barrio.

El 29 de septiembre del 36, Alfonso Morón es detenido y su casa saqueada. Sus libros y documentos son destruidos y al día siguiente es asesinado y enterrado en la fosa común del cementerio municipal onubense. Según las listas que ofrece Francisco Espinosa en La guerra civil en Huelva, este alto funcionario municipal, periodista y escritor es la única persona que figura como fallecido el 30 de septiembre de 1936 en el Registro Civil. Lo que nunca se sabrá es si la profesión de “jornalero” que allí figura se debió a la dejadez o a la insidia de sus verdugos.

Al igual que otros cientos de onubenses, Alfonso Morón fue fusilado ante las tapias del cementerio de Huelva, donde aún pueden verse las marcas de las balas. Foto: Jesús Chacón.

Al igual que otros cientos de onubenses, Alfonso Morón fue fusilado ante las tapias del cementerio de Huelva, donde aún pueden verse las marcas de las balas. Archivo Memoria de Huelva.

Al parecer Alfonso Morón de la Corte pudo haberse librado de la muerte, pero permaneció en Huelva para asegurarse la salvación de su hijo mayor, Alfonso Morón Bellerín. Lo cuenta la hija de éste, Concha Morón: “La víspera del golpe militar, mi abuelo ya conocía de la sublevación que se preparaba y temía por mi padre. Estaba convencido de que él no se salvaría pero mi padre no había sido masón aunque los fascistas no iban a perdonarle su corta trayectoria intelectual y democrática, como así fue. Mi abuelo, tras dar instrucciones a mi padre para que huyera a Portugal, empezó a mover sus influencias para dejar garantizada la vida de su hijo y esto le hizo perder el barco en Ayamonte que lo hubiera salvado a él cambiando la muerte segura que le esperaba en Huelva por el exilio a México”.

A pesar de todo, Alfonso Morón hijo cayó en manos de los sublevados. “Mi padre fue detenido en Zafra –cuenta Concha Morón– cuando se encaminaba a cruzar la frontera portuguesa. Ya en la cárcel, lo sacaron una mañana al paredón y cuando iban a disparar llegó un telegrama para que saliera de la fila, fruto de las gestiones de mi abuelo. Siguió encarcelado y un familiar que fue a visitarlo le comunicó en la cárcel que habían matado a su padre. Unos meses después le tocó por su quinta ir a la guerra de parte de los nacionales y lo enviaron al frente, aunque él siempre decía que no pegó ni un solo tiro. Estuvo todo el tiempo en la enfermería (esto lo contaba él así y mi madre lo corroboraba) y volvió a su casa a Huelva, finalmente, con una enfermedad neurológica que le duró toda su vida: un temblor en la mano derecha que le impedía escribir. Aprendió a escribir con la mano izquierda. Nunca supimos bien por qué ni cuál hubiera sido el diagnóstico. Yo siempre decía que la dignidad de mi padre murió en aquel paredón”.

Alfonso Morón Bellerín no volvería a Huelva hasta poco antes de acabar la guerra. Su madre, Rocío, sobrevivió con sus otros cuatro hijos gracias a la ayuda de familiares. En 1940 plantó cara al Ayuntamiento de Huelva y solicitó la pensión de viudedad. “Ella basa su petición –asegura su nieta Concha– en que la separación del servicio no llevaba aparejada la pérdida de los derechos adquiridos (debió estar bien asesorada jurídicamente). Finalmente le conceden en un Pleno municipal la pensión de 2.062,50 pesetas anuales, equivalentes al 25% de lo que cobraba mi abuelo cuando estaba en activo. Con eso y con las clases particulares que daba mi padre, pudieron sobrevivir”.

Las represalias por hijo de republicano y masón, y por haber sido él mismo preso en cárcel franquista se materializaron para Alfonso Morón hijo en forma de inhabilitación profesional. Después de la guerra conoció a Ana Hernández Marín, a quien los fascistas le habían fusilado a un hermano en Sevilla por planear el intento de detención de Queipo e invertir así el curso de la guerra. Compartían un drama común. “Se enamoraron enlutados hasta las cejas y fueron cómplices clandestinos contra Franco toda su vida”, apunta su hija Concha. Ana Hernández consiguió un trabajo en Sevilla, adonde se trasladaron mientras Alfonso permaneció en Huelva “liquidando las deudas”. “Mi padre siguió sin poder trabajar y formándose en casa hasta el año 1966; entonces pudo examinarse en la Escuela Central de Idiomas y obtener el título de francés” recuerda hoy Concha Morón.

Hasta entonces, que fue posible ir remontando, la familia había vivido las consecuencias por el pasado republicano en los años oscuros de la dictadura franquista. Un estigma político que había comenzado en 1936 con el asesinato de Alfonso Morón de la Corte. Su esposa, Rocío Bellerín, vivió 91 años y poco antes de morir cuenta su nieta Concha Morón que le dijo que había tenido una gran suerte porque había estado casada con un hombre muy bueno que la quiso mucho. “Es la única vez que lo nombró delante de mí”, recuerda su nieta. Atrás habían quedado 45 años de dolor en silencio.

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2 Respuestas a “Proceder en consecuencia. Alfonso Morón de la Corte

  1. Muchas gracias por hacerse eco de la historia de mi abuelo que, de alguna manera, es la de muchos onubenses y españoles. Esta iniciativa, la del blog, me parece estupenda y me acerca a mis orígenes. Concha Morón Hernández,

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