Reconstruir la razón. Fernando Roldán Romero

A Fernando Roldán Romero, maestro de Niebla, el franquismo le impidió ejercer como maestro, lo sometió a consejo de guerra y lo recluyó en un campo de concentración.

A Fernando Roldán Romero, maestro de Niebla, el franquismo le impidió ejercer como maestro, lo sometió a consejo de guerra y lo recluyó en un campo de concentración.

Cuando Franco dio por terminada la guerra en aquel parte militar del 1 de abril de 1939, de tanto lustre en la historiografía y las hagiografías del general, llegó el momento de empezar de cero en una España devastada por completo. Continuar la vida en medio de la sinrazón. La radiografía anímica de aquellos españoles con hambre y sin sonrisa la hizo como nadie Manuel Vázquez Montalbán en su inolvidable Crónica sentimental de España:

Los hombres y mujeres de los años cuarenta en edad de haber vivido plenamente la guerra, de haberla hecho, se entregaban al esfuerzo de reconstruir la razón de una convivencia. Eran razones trucadas, porque unos las tenían todas y otros sólo las que les prestaban. […] Pero se estaba vivo. Y no todos podían decir lo mismo.

Sobre la mayoría de los que podían decir que estaban vivos recayó implacable la Ley de Responsabilidades Políticas de 9 febrero de 1939. La infatigable purga del franquismo no se detuvo en las espeluznantes cifras de fusilados, viudas y huérfanos y se ensañó también con los supervivientes. Es la limpieza de heterodoxos más sistemática de la España contemporánea. La depuración de profesionales fue una más de las múltiples caras de la represión, y el magisterio uno de los colectivos más castigados.

En julio de 1936 Fernando Roldán Romero era un joven de 19 años vecino de Niebla (Huelva) recién titulado como maestro de Primera Enseñanza y que se preparaba para serlo en Enseñanza Secundaria. Jamás pudo ejercer su profesión. La suya, la de los jóvenes a punto de eclosionar profesionalmente justo cuando los militares dan el golpe, es una generación perdida, frustrada por la guerra; una generación de destinos abortados de la que quedan muchas historias por contar.

Su padre, Fernando Roldán Blanco, se ocupaba del mantenimiento de vagones y maquinarias para la Compañía de Río Tinto en la estación iliplense de Las Mallas. También era militante socialista y fue concejal y tercer teniente de alcalde en la corporación de Niebla durante la efímera vida institucional del Frente Popular. Son tiempos duros para ser alcalde o concejal cuando la derecha y el fascismo conspiran sin pudor y crecen cada día los problemas para mantener bajo control a obreros y jornaleros. En marzo quemaron la iglesia de Santa María de la Granada tras un mítin del líder socialista provincial Ramón González Peña. Y más tarde, cuando los militares sublevados en Sevilla avanzaban sobre Niebla, la violencia reina sobre el vacío de poder local. El día antes de la ocupación, 27 de julio, un derechista asesina al alcalde Francisco Maya Romero. Momentos después es abatido por un militante socialista, a quien luego fusilarán los militares.

Ese mismo día, tras el asesinato del alcalde, el concejal Fernando Roldán Blanco siente rozando el peligro real, físico. Decide escapar de Niebla y su hijo Fernando, maestro ya pero aún estudiante, se va con él. En guerra, el curso de la vida puede cambiar en un segundo para siempre. Tres años después, el expediente del consejo de guerra que la justicia militar golpista certifica contra los dos por “auxilio a la rebelión militar” desvela las circunstancias de la huida, los motivos, los destinos. Una guerra civil entera fuera de casa, donde habían quedado la madre, María Romero Risquez, y las hijas, Inés y Luisa. Las tres solas. Durante muchos años la familia solo sabía que padre e hijo llegaron andando a Madrid y que volvieron al final de la guerra. Que se libraron de la pena de muerte y pasaron juntos por la cárcel, y que a Fernando Roldán Romero nunca le permitió el franquismo trabajar como maestro.

Sus hijos, Fernando y Lola Roldán Pérez, han conocido los detalles en 2010 al poder acceder al consejo de guerra gracias a la digitalización que la Diputación Provincial ha realizado de los archivos del Tribunal Militar Territorial Segundo que afectaron a personas de Huelva. Su padre murió antes del fin de la dictadura, en 1973. Ellos eran pequeños y nunca llegó a referirles nada de esos años. “En casa –asegura Fernando– nunca nos contaron casi nada ni a mi hermana ni a mí, y cuando empezaban a contar algo rompían a llorar mi tía o mi madre, así que no ahondábamos en el tema”.

El concejal socialista y su hijo declararon en el consejo de guerra que huyeron tras haber sido el padre amenazado de muerte por un asaltante de los almacenes de las estación de Las Mallas entre el 18 de julio del 36 y la ocupación de Niebla. Recorrieron a pie la provincia onubense y el sureste de la de Badajoz hasta llegar a Peñarroya (Córdoba). Esta fue este verano la ruta de escape para los huídos de la zona ocupada onubense. En Peñarroya subieron a un tren de mercancías en el que a comienzos de septiembre llegan a Madrid. Atrás, en Niebla, las tres mujeres de la familia afrontaron el registro de la casa. “Apenas nos han contado nada, pero sí nos dijeron –cuenta hoy Lola Roldán– que fue algún vecino quien indicó que se dirigieran a mi casa. Tenemos una mesa de escritorio preciosa, antigua, de persiana, que toda la vida ha tenido las cerraduras rotas. Con 15 años me enteré del porqué. La habían forzado. Luego por el consejo de guerra he sabido que incautaron los libros de mi padre, algunos de ellos de ideología de izquierdas”. Los hermanos Roldán Pérez no saben si contra su abuela y sus tías, las hermanas de su padre, hubo represalias ni cómo sobrevivieron. Sólo una vez, y “como que se le escapó”, la tía Luisa contó que a la abuela la raparon, pero no pueden confirmarlo.

Mientras, en Madrid, Fernando Roldán padre trabaja en un taller de coches y su hijo inicialmente en el Sindicato de Maestros hasta que en mayo del 37 es movilizada su quinta. Ingresa en el Cuerpo de Seguridad (Grupo Uniformado) en la 107 Compañía de Asalto, donde enseñará a sus compañeros. En junio pasa al frente del Guadarrama. En marzo de 1939 es trasladado a Murcia y lo mandan poco después a Madrid en misión administrativa para su compañía. Allí le sorprende la rendición de la capital y decide no volver para no separarse de su padre en este momento de incertidumbre. No tardan en volver a su pueblo, Niebla, pero lo que les espera, aparte del emocionante reencuentro familiar, son campos de concentración, consejo de guerra, cárcel y comisiones depuradoras.

Nada más presentarse en Niebla Fernando Roldán padre es detenido. El 23 de abril ingresa en el “campo de concentración de prisioneros y presentados de guerra” de Isla Saltés, en Huelva. Días después, el 8 de mayo, su hijo será recluido en el mismo campo, tras haber pasado cuatro días en el del Puerto. La familia conserva documentación escrita a mano por los mandos militares de los campos que permite reconstruir la situación aquellos meses. Son certificados de conducta, “intachable y ejemplar” en ambos casos, por los que se sabe que Fernando Roldán Blanco salió del campo de Isla Saltés el 14 de junio y que su hijo, en su reclusión, trabajó como “escribiente” en la oficina del destacamento.

Declaración de reparación moral y reconocimiento para Fernando Roldán Romero, expedida por el Ministerio de Justicia en 2010.

Declaración de reparación moral y reconocimiento para Fernando Roldán Romero, expedida por el Ministerio de Justicia en 2010.

Paralelamente a su detención e internamiento sigue su curso el expediente de depuración profesional sobre Fernando Roldán Romero que la Comisión Depuradora Provincial del Magisterio de Huelva había iniciado en 1937. A instancias del presidente de tal comisión, Ricardo Terrades Pla, varios profesores de la Escuela Normal de Magisterio de Huelva certifican en junio de aquel año su “buena conducta”. En enero del 38 hay una ronda de informes sobre él por parte de las autoridades locales de Niebla a petición de la comisión depuradora. El comandante militar del puesto, Adolfo Erenas Arnay, comunicaba a Terrades que el joven maestro “era de filiación comunista, haciendo propaganda de este ideal” y que “durante los días rojos cometió desmanes y se encuentra fugitivo”. El entonces (1938) alcalde fascista, Francisco Rite Cruz, se limita a certificar que se encuentra en paradero desconocido y Diego M. Cruzado, autoridad desconocida, traza en documento manuscrito del que la familia conserva copia el siguiente perfil de Fernando Roldán Romero: “Vida profesional la desconozco, vida social contacto con maleantes, vida particular buena, vida política marxismo en grados fuertes”.

Si Fernando Roldán Romero hubiera sido detenido en la primera fase de la represión es casi seguro que hubiera sido fusilado bajo la aplicación del bando de guerra. Por razones más nimias que las que se incluyen contra él en estos informes de la Comisión Depuradora Provincial del Magisterio fueron asesinados en la provincia onubense cientos de inocentes. Ahora, en agosto de 1939, le esperaba junto a su padre un proceso judicial con las ‘garantías’ de un consejo de guerra sumarísimo de urgencia que les acusaba de “auxilio a la rebelión militar”. Al padre se le imputa haber ordenado la detención de derechistas antes de la ocupación de Niebla; al hijo, ser “dirigente del comité revolucionario”, haber ordenado detenciones de “elementos de orden” y ser “propagandista del comunismo”.

Fernando Roldán Pérez, hijo y nieto de los acusados, aclara que los testimonios en contra proceden de vecinos de derechas detenidos antes de la ocupación, así como del comandante militar de Niebla, José Gálvez Toscano, y del alcalde y jefe local de Falange, Miguel García Montilla. Añade que declararon a su favor compañeros de su abuelo en la Compañía de Río Tinto; el cura, Otilio Ruiz Hernández, quien los exculpa de la quema de la iglesia y la voladura del puente romano; y del médico, Casiano López Velasco, quien descarta ante el tribunal del consejo de guerra que los acusados cometieran actos delictivos.

Las contradicciones llevan al presidente del consejo de guerra a repetir la ronda de declaraciones. Ahora los testimonios en contra se matizan. Se pone de manifiesto que los testigos declararon a partir de suposiciones y finalmente, el 24 de agosto del 39 el consejo de guerra rubrica el sobreseimiento provisional de causa. Dos días después los acusados ingresan en la Prisión Provincial de Huelva, donde permanecen ambos hasta el 19 de septiembre, día en que la Jefatura Nacional de Seguridad de Huelva los autoriza a marchar únicamente a Niebla.

El golpe del 18 de julio de 1936 había truncado la carrera profesional del joven aspirante a maestro de Bachillerato, pero aún le esperaban más noticias por parte del aparato burocrático franquista en el año 1940. Será obligado a hacer de nuevo el servicio militar (es destinado a Vilamalla, Girona), ya que para las nuevas autoridades no contaba el servicio militar realizado para el gobierno republicano. Este año también siguió curso el expediente de depuración profesional, y en noviembre la Comisión Depuradora Provincial del Magisterio de Huelva lo acusa de “filiación comunista” y de hacer “propaganda de estas ideas”, así como de mantener “contacto con elementos maleantes del marxismo”, de cometer “desmanes durante los días de la dominación roja” y de huir “al acercarse las tropas nacionales a Niebla”. Propone que sea “inhabilitado para ejercer cargos en el Magisterio”.

La familia conserva un documento escrito a mano en Madrid el 1 de agosto de 1941, de firma ilegible y sin sellos oficiales –solo figura el número del expediente: 54223– en el que puede leerse que “procede la inhabilitación definitiva”. En noviembre, la Comisión Superior Dictaminadora de Expedientes de Depuración del Ministerio de Educación Nacional propone su “inhabilitación para continuar sus estudios”. Y, finalmente, el jefe de la Sección Administrativa de Primera Enseñanza de la provincia de Huelva, Fulgencio Prat, resuelve “inhabilitarlo para continuar sus estudios como alumno de la Escuela Normal”.

Era el adiós a una vocación. Fernando Roldán Romero y su padre –y también su madre y hermanas– habían salvado la vida pero no la libertad. A la familia Roldán le tocó afrontar una dictadura sin salir del pueblo y con los estigmas de haber sido rojos señalados. Lola Roldán apenas llegó a conocer a su padre porque éste murió cuando ella tenía algo más de un año, pero conoce por su madre, María Pérez Ruiz, los trabajos que tuvo tras su inhabilitación como maestro. “Siempre trabajó en el ámbito administrativo. A mi madre la conoció en la finca La Ruiza, propiedad del marqués de Seoane. Mi padre trabajaba como administrador y ella en lo que entonces se conocía como primera doncella. Debió ser a finales de los cuarenta. Se casaron en 1960 y se establecieron en el domicilio familiar de mi padre en Niebla”.

Fernando Roldán Pérez, 10 años mayor que su hermana Lola, sí guarda recuerdos de su padre. Cuenta que trabajó como administrativo en la construcción de la fábrica de cementos de Niebla y más tarde en una empresa de maderas. También recuerda que su padre era un lector voraz, que escribía poesía, dibujaba y tocaba el piano y el clarinete, y que tuvo un carácter ponderadamente serio, probablemente por la vida a la que lo sometió la dictadura. “Solicitó –dice– ser socio del Casino del pueblo y fue rechazado. Sólo pocos años antes de su muerte, y gracias a su amistad con Juan Molina, uno de los poderosos de Niebla, fue aceptado”. Eran los años sesenta y aún la marca de la guerra se traducía en segregación. Fernando y Lola Roldán Pérez vivieron tras la muerte de su padre con su tía Luisa Roldán Romero, fallecida en 1997, y con su madre María Pérez Ruiz, oriunda de la vecina Villarrasa. Apenas fue nada lo que se habló de la guerra. “Mi madre sí me dijo una vez –cuenta Lola– que una persona, cuando estalló la guerra, vino a mi casa con intención de matar a mi padre pero él ya había huido. Nunca quiso decirnos quién fue para que no tuviésemos rencor a los familiares, que siguen viviendo en el pueblo”.

En julio de 2009, acogiéndose a la Ley 52/2007 de Memoria Histórica, solicitan al Ministerio de Justicia la declaración de reparación moral para su padre, contemplada en el artículo 4º. En enero de 2010, el ministro Francisco Caamaño expide una declaración oficial de “reparación y reconocimiento personal” para Fernando Roldán Romero, con la que –como reza el documento– “la democracia española honra a quienes injustamente padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”. El certificado estatal acredita que “padeció prisión y persecución por razones políticas e ideológicas” y señala su paso “injustamente” por prisión y campos de concentración, su sometimiento “al ilegítimo Consejo de Guerra sumarísimo de Urgencia” y la inhabilitación profesional por la Oficina de Depuración del Ministerio de Educación Nacional. “Para nosotros –resalta Fernando Roldán Pérez– supone por una parte pena por que no se haya podido hacer antes y, al menos, que lo hubiera visto mi madre, que murió en 2003; pero, por otra, es una gran satisfacción”. Se trataba –se trata–, al fin, de reconstruir la razón.

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