Gonzalo Queipo de Llano

El general Queipo de Llano fotografiado en su despacho sevillano mientras pronunciaba una de sus envenenadas charlas radiofónicas.

El general Queipo de Llano fotografiado en su despacho sevillano mientras pronunciaba una de sus envenenadas charlas radiofónicas.

Militar golpista. Jefe del Ejército del Sur en la rebelión castrense contra la II República, lidera la sublevación en Andalucía. Pasado el tiempo, la historia se ha encargado de que su nombre quede ligado en letras capitales a la tradición reaccionaria y antidemocrática española. En ella ocupa un lugar destacado, aunque más que por su rango (Franco acabó neutralizando sus aspiraciones de grandeza) lo es por ser el máximo responsable de la sangrienta represión y la limpieza política desplegada en Andalucía y el sur de Extremadura a partir del 18 de julio de 1936.

De familia con tradición militar, alcanza el grado de primer teniente en la guerra de Cuba y es condecorado por méritos de guerra en la campaña de Marruecos (carga de Alcázarquivir, 1913) en la que obtiene el galón de teniente coronel. No vuelve a España hasta 1923, convertido ya en general. Con la dictadura de Miguel Primo de Rivera, Queipo de Llano espera un ascenso a general de división que no llegará. Luego, más por intereses personales que ideológicos, el militar integra la facción republicana del Ejército español, lidera la Asociación Militar Republicana y se asocia con los comandantes Ramón Franco e Ignacio Hidalgo para derrocar a Alfonso XIII en 1930. El intento fallido de Cuatro Vientos, con el que amenazan bombardear el Palacio Real, le obliga a huir hacia Portugal y París hasta que se proclama la II República. Así, en 1931 vuelve a Madrid y es ascendido a general de brigada. Es designado sucesivamente capitán general de la capital española, inspector general del Ejército, jefe del Cuarto Militar del presidente de la República e inspector general de Carabineros.

Se cuenta que a su vuelta de la guerra de Cuba contrajo matrimonio obviando la formalidad castrense establecida por la Casa Real, lo que le valió un arresto de un mes. Ahí comenzó a fraguarse su presunta querencia antimonárquica. En cualquier caso, las aspiraciones políticas van a ser una constante en su carrera y serán el motor que define su hoja de servicios. Llegó a ser consuegro de Niceto Alcalá Zamora, cuya destitución como presidente de la II República en favor de Manuel Azaña en la primavera de 1936 se dice que fue el detonante para que se volviera ferviente antirrepublicano y se sumara a los preparativos del golpe militar que por entonces estaba urdiendo el general Emilio Mola. El perfil que en Un año con Queipo de Llano traza de él Antonio Bahamonde, que fuera delegado de Prensa y Propaganda de la II División hasta que se pasó al bando republicano, ahonda en estas claves de intereses personales del general. Y también sobre el recelo que despertó en el general Franco, que nunca se fió de él completamente:

Los móviles que indujeron al general Queipo de Llano a tomar parte en la rebelión, no pueden ser más mezquinos y personales. Él, que había conspirado contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera y contra la monarquía, creyó que al proclamarse la República iba a ser uno de sus ejes. Fue nombrado jefe del cuarto militar del presidente de la República y tuvieron que destituirlo por sus constantes desaciertos, ya que carece, no de talento, sino hasta de un poco de sentido. Creyó que la República le regalaría más altos cargos. Al no suceder así, empezó a nacer su descontento, no porque la República tomara ésta o la otra trayectoria, sino porque no colmaba sus ambiciones personales.

Al hacerse cargo de la División, creyó que la militarada triunfaría rápidamente. Al principio pensó estar en Sevilla de paso, toda vez que al constituirse el directorio militar, estilo Miguel Primo de Rivera, él sería uno de los principales componentes. Hay que tener en cuenta que Franco le ocultó lo más posible, conociendo su falta de inteligencia, el verdadero alcance del movimiento por temor a que lo estropeara con alguna indiscreción y por no fiarse mucho de su lealtad, ya que Queipo tenía bien probado ser maestro de deslealtades.

[…]

Para hacerse temer, congratulándose al mismo tiempo con unos y con otros, implantó el asesinato como norma de gobierno. Todos desconfiaban de él, y no vio mejor manera de demostrar lo infundado de sus dudas que aniquilar a los enemigos de unos y otros, con lo que consiguió dos cosas: que vieran en él un colaborador leal, y adquirir prestigio de hombre terrible, cruel y sanguinario, ya que no podía tener ningún otro.

En cualquier caso, su intervención como jefe del ejército del Sur allana el camino para que Franco pueda introducir en la península al ejército de África, clave para el devenir de la guerra civil. Queipo de Llano se dará cuenta pronto de que no va a tener el protagonismo deseado en el nuevo Estado franquista y se ciñe a su “feudo” del sur. Éste es el origen del sobrenombre popular por el que se le conoció: el virrey de Andalucía.

Franco mantendrá siempre sus recelos frente a la actitud personalista de Queipo de Llano y lo destituye de su cargo como capitán general de Andalucía en julio de 1939, a pesar de que al terminar la guerra es ascendido a teniente general. Para alejarlo aún más de sus pretensiones, el dictador lo destina a Roma como jefe de la Misión Militar Española. En 1942 regresa a España y se afinca en Málaga, separado ya de las funciones castrenses. En 1944 se le condecora con la Cruz Laureada de San Fernando y, más tarde, recibe el Marquesado de Queipo de Llano, que aún mantienen sus herederos. Pasa los últimos años de su vida en Sevilla y está enterrado -en lugar preeminente- en la basílica de la Macarena a pesar de la Ley de Memoria Histórica de 2007.

Queipo de Llano será tristemente recordado también por el empleo de la radio como medio propagandístico de guerra. Desde la misma noche del 18 de julio de 1936 en que se hizo con el control del centro y los puntos clave institucionales de la ciudad de Sevilla, descubre el tremendo poder de la radio para difundir el terror. El potente equipo de difusión con que contaba Unión Radio Sevilla facilitó además que sus palabras se oyeran en amplias zonas de España e incluso fuera de sus fronteras.

Como evoca el periodista Antonio Ramos Espejo en su Crónica de Gerald Brenan, al recordar cómo el escritor británico oía a Queipo de Llano desde la republicana y aislada Málaga, “el general arenga a las masas desde un micrófono mágico y envenenado. La magia de tener ante sí, como en una gigantesca explanada cuartelera, a batallones de gentes jamás imaginados; gentes a las que podía inocular el veneno de sus palabras”.

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