Detención de Sanjurjo en Huelva. Agosto de 1932

Entre las crónicas que hizo Manuel Chaves Nogales en el diario Ahora sobre la intentona golpista del general José Sanjurjo en agosto de 1932 una está dedicada al momento de su detención en Huelva cuando huía hacia Portugal desde Sevilla:

Cómo se dejó prender el caudillo de la rebelión militar

 (De nuestro enviado especial)

Ansiosamente va, carretera adelante, el auto en que Sanjurjo trata de ganar la frontera portuguesa.

Como en una película de aventuras, pasan y van quedando atrás los pueblecitos andaluces. Sanlúcar la Mayor, La Palma, Niebla, San Juan del Puerto…

Al fin… ¡Huelva! La salvación casi segura.

Pero… ¿es conveniente entrar en la capital? ¿No será preferible buscar un discreto camino que, sin cruzar la población, conduzca directamente a las proximidades de Ayamonte?

Los fugitivos se detienen a deliberar.

Y, en momentos de suprema emoción el general vacila…, como en el Aeródromo de Tablada, como en la Capitanía General de Sevilla.

¿Qué camino seguir? ¿Qué hacer? ¿Adónde dirigirse?

 • • •

 En Huelva hay órdenes concretas para impedir la fuga de los sublevados, y especialmente la del general.

A la salida de la población, un grupo compuesto por el inspector de Policía don Javier Baldivia Eulate, el agente don Luis Royo Mateu y los guardias de Seguridad Nieto y Romero vigila con extraordinario interés la carretera de Sevilla.

En lo alto de una pequeña cuesta próxima al barrio obrero de las minas detienen a una camioneta que conduce frutas y verduras a los mercados onubenses.

La Policía interroga escrupulosamente al conductor.

—¿No ha visto a nadie en el camino?

—Sí; poco más abajo, hay dos autos parados en la carretera. Y juraría que dentro de uno hay militares.

La indicación es valiosísima. No hay un minuto que perder. Rápidamente avanza el grupo, un guardia a cada lado del camino, el inspector y el agente por el centro, y todos con las armas prevenidas.

Al final de la cuesta aparecen, en efecto, los dos coches parados. A su alrededor varias personas. Si son los fugitivos hay que detenerlos a toda costa, y pase lo que pase.

Resueltamente sigue el grupo avanzando; de pronto, el guardia Nieto divisa, con claridad, a los viajeros.

—Ahí está Sanjurjo. ¡Alto!

—¡Alto!

 • • •

 El general mira atentamente el reducido grupo de policías y guardias que le intiman a rendirse.

El el auto de escolta hay fuerzas de la Guardia Civil y, en su bolsillo, una pistola. Vacila… y es su hijo el que le decide, con una palabra y con un gesto. Hay que entregarse.

El general inclina la cabeza. Lentamente saca su pistola, en cuyo cañón brilla el esmalte de los colores rojo y gualda; pero una mano, la del hijo también, le quita el arma.

—Iba a despedirme de ella.

Después a los policías, con un amargo gesto de resignación:

—Valientes…, muy valientes…

El taxi de Sanjurjo que ansiosamente buscaba la frontera, entra en la población con sus ocupantes. En cada estribo va un policía, de pie, alerta y prevenido.

 • • •

 De Madrid han comunicado ya al Gobierno Civil de Huelva la orden de trasladar a Sanjurjo.

Don Braulio Solsona dispone rápidamente la partida en dos coches. Toman asiento en uno el general, el inspector Eulate y los agentes Royo Mateu y Gil Cañamaque, y en el otro los agentes Rodríguez, Romero Pérez, Álvarez de Lara y Barrio.

Sanjurjo, algo más sereno después  del desayuno y breve descanso  en el Gobierno, se despide de los que le han acompañado hasta el último instante de libertad. Un abrazo al hijo, cuya salud le preocupa más que su difícil situación. Y una frase al teniente coronel de la Guardia Civil, último compañero de la aventura:

—Después de todo –dice con claro acento el general– es divertido jugar con la vida y con la muerte.

Largo y fatigoso camino.

En San Juan del Puerto, los expedicionarios abandonan la general de Andalucía para internarse por la carretera extremeña, como medida de prudente precaución.

• • •

En Zafra hay que cambiar un coche que va rodando en pésimas condiciones. El alcalde facilita inmediatamente la sustitución.

Mérida. Es necesario detenerse a comer.

El vecindario, como en Zafra y como en los restantes pueblos, al darse cuenta del paso del general, prorrumpe en grito de condenación para los sublevados y de entusiasmo para la República…

Hay también significativas concitaciones a los agentes:

—¡No dejadlo escapar! ¡Que pague!.. ¡Que lo pague!

Antes de llegar a Navalmoral de la Mata, y en un largo trozo de la carretera, varios guardias civiles armados hacen señas para que se detengan los autos.

El inspector ordena que, por el contrario, aceleren la marcha y se previenen las armas por lo que pueda ocurrir. Ya en el pueblo queda todo aclarado. Se trata de comunicar a la Policía una orden telegráfica de dirigirse al cuartel de Talavera de la Reina.

Continúa la marcha, y antes de entrar en Navalcarnero, varios coches atravesados en la carretera obligan a detenerse nuevamente. Es el director general de Seguridad, que se hace cargo de Sanjurjo.

(Ahora, Madrid, 16-8-1932)

De Manuel Chaves Nogales. Obra Periodística I. Edición de María Isabel Cintas. Diputación de Sevilla, 2001, pp. 407-410.

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