Secuelas del terror. Aracena, verano de 1936

“Él sabía que iban a ir a por él. Según mi tía, una hermana suya, él lo sabía. Otro hermano que tenía se fue, pero él no. Él dijo que no había hecho nada y que no se iba a ningún lado. Se lo llevaron y el mismo día que lo detuvieron lo mataron por la noche”. Gregorio Prieto, propietario del bar La Cruz de Aracena, no sabe mucho más de las circunstancias que rodearon el asesinato de su abuelo, Gregorio Prieto Delgado, en uno de los fusilamientos expeditivos que las tropas militares golpistas organizaron después de ocupar la plaza. Después de aquello pasaron muchos años de silencio y dolor familiar de puertas adentro. En casa no se habló nunca mucho del tema. Son los estragos del miedo.

Gregorio Prieto con la foto de su abuelo, fusilado en Aracena en agosto de 1936. Foto: Jesús Chacón

Gregorio Prieto con la foto de su abuelo, fusilado en Aracena en agosto de 1936. Foto: Jesús Chacón

Es una historia común en los pueblos donde todo el mundo se conoce, y donde las víctimas han tenido que convivir una larga dictadura con los delatores –a veces con los mismos asesinos– y los cómplices de aquella feroz matanza del verano de 1936. Estamos en la barra del bar La Cruz y algunos clientes, en silencio, no pierden detalle de la conversación. Aunque ya se puede hablar, se percibe en el ambiente que todavía es un tema delicado que en los pueblos no se trata de la misma manera que en las capitales.

El final de la historia de Gregorio Prieto Delgado es idéntico al de Antonio Domínguez Muñiz, asesinado como aquél en el cementerio de Aracena en los primeros momentos de la ocupación por los militares sublevados. Ellos son dos de las cerca de 180 víctimas que yacen en esa fosa común. Su nieto, Antonio Tascón Domínguez, con quien nos vemos en el Casino Arias Montano –que fuera tradicional punto de reunión social de la derecha local– asegura que su abuelo materno fue ejecutado horas después de su detención.

La represión en Aracena había comenzado el mismo día en que entró la columna Redondo, el 18 de agosto del 36. Las fuerzas rebeldes sabían que en el asalto al cuartel de la Guardia Civil de Higuera de la Sierra había participado mucha gente de Aracena. Sucedió el 10 de agosto. Allí los guardias, sublevados pero atrincherados en el cuartel, se resistieron a que las columnas de mineros confiscaran víveres y provisiones para la logística de la Cuenca Minera, donde se habían concentrado miles de huidos. En el asalto habían muerto seis de ellos. Días después, al ocupar Aracena, la venganza contra la población no se hizo esperar.

En el bar La Cruz tercia en la conversación el investigador local Mario Rodríguez, quien trata hoy de reconstruir las historias de la represión en la comarca de la sierra onubense a partir de los consejos de guerra del Archivo del Tribunal Militar Territorial Segundo. Explica que las órdenes de Queipo de sublevarse no habían podido llegar al cuartel de la Guardia Civil de Aracena y que por eso no había habido problemas graves entre el 18 de julio y el 18 de agosto, como sí había ocurrido en Higuera de la Sierra. “La telegrafista –explica– era la mujer de uno de los que formaba parte de una comisión gestora del ayuntamiento republicano. Entonces a su marido sí que le da el telegrama pero no a la guardia civil, que se queda esperando noticias. Entonces el ayuntamiento es el que se hace cargo aquí del cuartel el 18 de julio”.

Pero un mes después, el 18 de agosto, los militares y los requetés del comandante Luis Redondo inician las detenciones y los fusilamientos masivos. A Gregorio Prieto Delgado, que era camionero, se le acusa de ser uno de los que transportó en su vehículo a los aracenenses participantes en el asalto al cuartel de Higuera. “Él sabía que iban a ir a por él porque un empleado del ayuntamiento amigo suyo se lo dijo –cuenta su nieto Gregorio–, pero él lo que hizo fue quedarse en su casa. Dijo que no había hecho nada y que no se iba. Llegaron, se lo llevaron y ya está”.

Lo detuvieron el mismo día que entraron las tropas y cinco días después, el 23 de agosto, fue fusilado dentro del cementerio de Aracena. Pero Gregorio Prieto Delgado no murió en el acto y, al parecer, tampoco hubo tiro de gracia. Se saltó malherido las tapias del cementerio y se desplazó moribundo unos 800 metros hasta la plaza alta. “Vino arrastrándose hasta el hospital de la Misericordia y en la puerta murió”, relata su nieto.

Tenía 24 años y murió sin saber que su mujer ya estaba embarazada de su segundo hijo, el padre de su nieto Gregorio, quien hoy cuenta la historia del abuelo tras la barra de su bar. “Tiraron como pudieron hasta que se casó mi abuela otra vez de segundas y así tiraron. Y en casa no se habló nunca mucho del tema”, añade. No hubo ni juicio ni sentencia, simplemente la consabida aplicación del bando de guerra. Un desaparecido más. Lo mismo que pasó con tantas personas en aquellos primeros días de ocupación por las fuerzas sublevadas. Otro de ellos, Antonio Domínguez Muñiz, fue fusilado en el mismo lugar y enterrado en la misma fosa algo más de una semana después, el 1 de septiembre.

Su nieto Antonio Tascón Domínguez cuenta que había sido maestro zapatero y que regentó una taberna. En Aracena le llamaban Parrales. Estaba afiliado a la CNT y cuando ya venía la columna Redondo de Higuera hacia Aracena huye al campo de un amigo suyo. A los pocos días, al conocer que habían saqueado su casa de la calle Colón “se presentó para hacer frente a la situación”, relata su nieto. No mucho después, una madrugada fueron a buscarlo a casa de unos familiares, donde también estaban acogidos su mujer y sus cinco hijos. Querían –eso dijeron– tomarle declaración en el Cabildo, en la Plaza Alta. No volvió más.

“Lo detienen y directamente lo montan en un coche y lo fusilan”, asegura Antonio Tascón, quien añade que al día siguiente fueron a detener también a uno de los hijos y que, en la puerta de la casa y entre los gritos de ‘asesinos’ de una de las hermanas, “uno de los ricachones del pueblo” que pasaba disuadió a los militares de efectuar la saca. “Aquel hombre salvó la vida de mi tío, no obstante él estuvo en la cárcel y luego lo movilizaron para ir al frente. Lo pusieron en primera línea pero sobrevivió”. Después de aquello, la viuda de Antonio Domínguez Muñiz vendió su pequeño capital, heredado de una tía que la había criado, para poder sobrevivir con dignidad. “Me cuenta mi abuela –dice Antonio Tascón– que ella vendió todo lo que tenía para que los hijos no fueran a servirle y a trabajarle a los que mataron a su padre”.

El golpe militar del 36 también se llevó por delante la vida del otro abuelo de Antonio Tascón, el padre de su padre, junto a un tío suyo. Antonio Tascón y Tascón y Andrés Tascón Ortega, padre e hijo, se integraron lo que se conoció como la Columna Ratónque cruzó la frontera provincial entre Huelva y Badajoz para unirse a la resistencia antifascista. El terrible suceso, que dejó numerosas víctimas mortales que fueron enterradas allí donde cayeron, en el término de Llerena (Badajoz), lo relata Francisco Espinosa en La guerra civil en Huelva:

“Una muestra de las dificultades que encontraron los grandes grupos de huidos en su marcha –en este caso una enorme columna que pasó a Badajoz el día 24 de agosto–, fue la encerrona ocurrida cerca de Llerena a comienzos de septiembre de 1936, donde hombres, mujeres y niños fueron tiroteados desde diferentes puntos viéndose obligados los sobrevivientes a dividirse en pequeños grupos y vagar por terrenos desconocidos durante varias semanas, tras lo cual muchos de ellos retornaron a las sierras de Huelva”.

Antonio Tascón Ortega, padre de Antonio Tascón, estudiaba en los salesianos de Utrera. Al conocer que su padre y su hermano Andrés había huido hacia Badajoz volvió a Aracena. Sufrió represión y vagó por diversas cárceles y campos de trabajo y de concentración. Tras un consejo de guerra y una condena a muerte, salvó la vida –señala su hijo Antonio que con dinero– y vagó por cárceles de Madrid, Reus y Vitoria. Cuando pudo volver a Aracena, la familia pudo sobrevivir con lo que no les había sido confiscado. Gracias al capital que quedó a salvo, Antonio Tascón Ortega mantuvo sunegativa a firmar los documentos que acreditaran que su padre y su hermanohabían muerto por causa natural. “Al principio obligaban a muchas familias a firmar en algún documento que los fusilados habían muerto de muerte natural, si querían tener acceso algún trabajo o algo. Mi padre se negó, y durante muchos años los únicos que figuraron de Aracena como caídos en la guerra fueron mi abuelo y mi tío Andrés”, recuerda Antonio Tascón Domínguez.

Asegura que le gustaría encontrar el lugar donde yacen su abuelo y su tío, en el término de Llerena (Badajoz), pero es consciente de las dificultades. “He preguntado, pero oficialmente no he intentado nada. Claro que si todos los familiares nos hubiéramos unido, pero unos viven en Barcelona, otros en no sé dónde…” Caso distinto es el de la fosa del cementerio municipal de Aracena, perfectamente localizada, donde yacen su abuelo materno Antonio Domínguez y el abuelo de Gregorio Prieto. El Ayuntamiento ha colocado en 2010 una placa con los nombres de todos los que fueron enterrados en ese lugar. De momento, según el investigador Mario Rodríguez, nadie ha solicitado ninguna exhumación. “Aquí en Aracena –dice– no se están levantando cuerpos, porque aquí todos los que mataron están enterrados en el cementerio. Hicieron una fosa y los enterraron allí, en cierta manera la gente sabe dónde están, no están perdidos en una cuneta”.

Una placa, colocada en 2010, recuerda a las 180 víctimas enterradas en la fosa común del cementerio de Aracena. Foto: Antonio J. De la Cerda.

Una placa, colocada en 2010, recuerda a las 180 víctimas enterradas en la fosa común del cementerio de Aracena. Foto: Antonio J. De la Cerda.

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